Híbrido versus Condensador Social / Aurora Fernández Per

En la búsqueda de modelos capaces de economizar recursos, los Edificios Híbridos y sobre todo aquellos con uso residencial, son especímenes de oportunidad que incluyen en su código el gen de la mixicidad, imprescindible para adaptarse al signo de los tiempos. Sin embargo, esta condición mixta les hace equívocamente parecidos a otro modelo surgido de las vanguardias, que a primera vista puede considerarse como su precursor, cuando es todo lo contrario. Se trata del Condensador Social.

En el primer estudio realizado sobre los híbridos, Joseph Fenton establece que surgieron en el primer cuarto del siglo XX, con el fin de revitalizar las ciudades americanas y rentabilizar la ocupación del suelo. De manera simultánea, el movimiento constructivista da a luz el condensador social. Fue descrito por Moisei Ginzburg como un edificio diseñado para transformar las relaciones entre los hombres en los tres ámbitos del nuevo estado socialista: la vivienda colectiva, el club y fábrica. Ambos son hijos del periodo de vanguardias, cuando los acontecimientos históricos propiciaron una tabla rasa fecunda en nuevos planteamientos. El condensador se desarrolla en la recién creada Unión Soviética, donde la disponibilidad del suelo era absoluta y la necesidad de vivienda acuciante. Una oportunidad de experimentación que los arquitectos constructivistas encuadrados en la OSA (Asociación de Arquitectos Contemporáneos), no dudaron en aprovechar. En el concurso sobre nuevas propuestas residenciales, convocado en 1927 por la revista del grupo, Sovremennaya Arkhitektura, aparecen por primera vez proyectos con viviendas en dúplex o tríplex, calles interiores y galerías de acceso. Ginzburg desarrolla algunas de estas propuestas, que cristalizan en la célula de vivienda mínima (27-30 m2), con la que compone los grandes bloques residenciales dom-komuna. Servirán para alojar a las masas proletarias y tendrán como objetivo influir en el comportamiento social de sus habitantes. La mayor parte de las actividades, hasta entonces propias de la vida privada, transcurre en cocinas, cantinas, lavanderías o guarderías comunes.


El diseño de las circulaciones consideraba a los flujos, por primera vez, como oportunidades para el evento y la socialización. La colectivización de la mayoría de las funciones domésticas facilitaba la incorporación de la mujer a la vida pública, a costa, entre otros efectos colaterales, de soportar la vigilancia mutua y reforzar el control comunitario. La reducción de la intimidad al espacio del dormitorio era una buena manera de aventar los convencionalismos burgueses. El condensador social nace, por tanto, del vientre del Estado soviético, mientras el híbrido, es una criatura que sale de la entraña del sistema capitalista. Es el resultado mercantil de una suma de intereses privados y de una resta de condicionantes urbanos. La especulación y la rentabilidad fueron sus progenitores; la ciudad americana, su jardín de infancia. Mientras el condensador era la concreción de una ideología e incluso una loa a la arquitectura , la historia del híbrido se escribía en los libros de contabilidad. De un lado, en el joven estado soviético bullía la experimentación, de la que bebían los arquitectos europeos modernos, que luego la insertaban en un discurso menos inflamado y la presentaban en los congresos CIAM. Del otro lado, el precio del suelo espoleaba la inventiva de los inversores. Europa ignoraba el desarrollo de la ciudad americana, en donde la ideología no formaba parte del programa. El condensador era resultado del pensamiento funcional, que constituía la luz y la guía del método constructivista: “un método que indica con determinación al arquitecto la vía a seguir, que sugiere una solución para su problema, teniendo en cuenta las premisas a las que se enfrenta”. El híbrido era igualmente el resultado de un pensamiento funcional, pero a una escala en la que los flujos de usuarios tenían tanta importancia como los flujos económicos. Mientras el condensador concentra toda su capacidad de transformación sobre los integrantes de una comunidad cerrada –los habitantes de la vivienda comunal, los miembros de club, los trabajadores de una fábrica– el híbrido se abre a la ciudad y favorece el contacto entre desconocidos, intensifica el uso del suelo, densificando a la vez las relaciones, y deja margen para la indeterminación, frente al control que impone el condensador. En cuanto a las relaciones, en el híbrido se establecen fuera del espacio doméstico, mientras que en el condensador se adentran en la esfera de lo privado y llegan hasta la puerta del dormitorio.

¿Por qué se produce, en la actualidad, ese equívoco entre híbridos y condensadores? Los híbridos se caracterizan por la mezcla de usos dentro de un mismo proyecto; integran diferentes programas, que a su vez tienen diferentes promotores, diferentes gestiones y, por supuesto, diferentes usuarios. Es decir, un híbrido puede ser tan diverso como una ciudad, en usuarios, en tiempos de uso y en programa. Por su parte, los condensadores –que han seguido desarrollándose hasta los años 80, debido a la influencia que los constructivistas tuvieron en Le Corbusier y en sus seguidores– , eran en su mayoría edificios de vivienda mínima en donde, por cuestiones económicas e ideológicas, se segregaron una serie de funciones de la vida privada y se convirtieron en públicas. La visión maquinista de la vivienda invitaba a separar las funciones como quien separa los procesos productivos. Y de la misma manera que los procesos productivos se abaratan ajustando al máximo el espacio, también la sistematización y compactación de las funciones vitales revierten en un ahorro para el promotor, en este caso el Estado. La peculiaridad programática de estos prototipos –capaces de alojar a más de 1.000 habitantes–, se despliega en planta y sección con la variedad de una pequeña ciudad. Pueden encontrarse las mismas funciones que en un híbrido, sobre todo en las Unités y sus descendientes, en las que se insertan comercios e incluso oficinas en la denominada calle interior. Sin embargo la diferencia estriba en que todas las funciones están pensadas, no para crear intensidad y vitalidad en la ciudad, no para atraer flujos de usuarios externos, ni tampoco para favorecer la mezcla ni la indeterminación, sino para conseguir un edificio autosuficiente y “completo” que pueda aislarse de la ciudad convencional. Es decir, que la presencia en planta y sección de varias funciones subordinadas no otorga categoría de híbrido a un edificio de vivienda. De la misma manera que un equipamiento que incluya un variado programa de uso público no sería un híbrido, sino una versión moderna del condensador social, en su modalidad club. La hibridación no es sólo de programa, sino también de iniciativa, de inversión y de gestión.

Rem Koolhaas –un rendido seguidor de los constructivistas–, durante su recorrido delirante por la historia de Nueva York, se detiene en el Downtown Athletic Club y lo describe como un edificio en el que por primera vez han triunfado los poderes de transformación del condensador social constructivista. No se refiere a la versión para vivienda comunal, sino a la tipología del club de trabajadores. El programa en altura de un edificio dedicado al ocio y al culto del cuerpo, por el que los solteros del distrito financiero ascendían hasta “alcanzar nuevos estratos de madurez, transformándose para ello en seres nuevos” le pareció la culminación de los ensayos hechos por Leonidov en los años veinte, con la diferencia de que el Downtown no necesitó el visto bueno de Stalin y pudo construirse. Es sintomático que se detenga en este edificio y lo compare con un condensador porque, si hacemos caso a Fenton, dicho edificio es un híbrido que se compone de un club deportivo en las plantas inferiores, un hotel en las superiores y un restaurante en el centro para los usuarios de ambos programas. Sin embargo, que de una misma realidad puedan extraerse análisis tan dispares, es sintomático del potencial que engendraban los primeros híbridos y que la segregación de usos, que siguió a la Carta de Atenas, relegó al olvido durante varias décadas. El híbrido americano fue herido de muerte después de la Segunda Guerra Mundial. Su coetáneo el condensador había sucumbido mucho antes, no sólo en su versión club, considerado por los estalinistas un prototipo demasiado elitista, sino también en su versión doméstica. Las dom-komuna fueron rechazadas por los propios habitantes, deseosos de mayor intimidad y por sus dirigentes, pues demostraron ser unas estructuras inmanejables con la tecnología de la época.

Sin embargo, estas dos visiones del mundo, representadas en sendos modelos antagónicos, el hijo de la ideología frente el hijo del dinero, han seguido reencarnándose, con mayor o menor intensidad hasta nuestros días. En el curso de los últimos 80 años los condensadores han sufrido algunas derrotas, la mayoría debidas a su deseo de programar y enclaustrar la vida de sus usuarios –los casos de Corviale o Park Hill han sido los más dolorosos para los defensores del modelo. Mientras, los híbridos han tenido una época de mutación en manzana híbrida, para atraer la inversión y facilitar la gestión, con resultados como el Barbican o Ihme Zentrum, que junto con otros ejemplos notables se incluyen en el análisis comparativo que acompaña a este texto. En los últimos años, el balance de modelos a seguir parecía favorecer al híbrido. Después del repunte teórico de los ochenta, del que han quedado ejemplos en la obra de Steven Holl y de Ábalos & Herreros, entre otros autores, reapareció a principios del siglo XXI, de nuevo como el salvador de las ciudades americanas, a través de proyectos como el Museum Plaza. Desprovisto de carga ideológica y dotado de una gran versatilidad, el híbrido está encontrando también su lugar en Europa, por no hablar de Asia, donde la mezcla de usos ha sido consustancial al desarrollo de sus ciudades. Es posible que el híbrido haya vampirizado el poder de su antagonista para modelar la conducta humana -aunque no en la dirección que habían previsto los idealistas rusos- y lo haya añadido a su capacidad natural para activar la ciudad. Su vigor de híbrido le favorece en situación de crisis, aunque tiene el talón débil de la financiación. No es un prototipo disciplinar, sino una concentración de intereses, no se basa en la tradición sino en el futuro y su supervivencia depende del consenso. Que lo confundan con un condensador social es, sin duda, lo de menos.

[texto. Aurora Fernández Per en Revista A+T n°33-34, Hybrids III. Híbridos Residenciales ] [sitio. A+T Publishers]